El coronel no tiene quien le escriba

Reseña de El coronel no tiene quien le escriba.

Es 1956, un coronel jubilado acude todos los viernes al puerto con la inquietud de recibir noticias del gobierno de su nación, a la que duramente sirvió, y así poder cobrar la merecida pensión con la que poder seguir viviendo dignamente.

Armado de paciencia cuida esa rutinaria tradición de visitar el servicio de mensajería durante década y media, pero la buena nueva nunca llega y la desesperante espera mina su calidad de vida y la de su esposa, haciéndoles depositar su fe en los réditos futuros de un gallo de pelea heredado de su hijo; mientras se alimentan de la esperanza de un futuro con forma pero apenas masticable, a duras les alcanza para comer en el presente.

La novela nos sumerge en el precario y desasosegante día a día que surcan el coronel y su mujer, y cómo lo afrontan con relativa serenidad expectantes de un momento que les cambie el rumbo zozobroso de su vivir; describe el hastío habitual de un pueblo en el que no sucede nada bajo la luz del día.

Nos transmite las sensaciones que García Márquez (1927-2014) experimentó cuando escribió esta -su segunda- novela mientras sobrevivía en París a finales de los cincuenta como corresponsal extranjero en un periódico que no le podía pagar debido a los momentos de convulsión política que sufría Colombia. Al no recibir sus mensualidades nuestro autor tuvo que apañárselas para seguir adelante, reflejando esa dura e indefinida provisionalidad en la que echa raíces el protagonista de su obra y con el que consigue que empaticemos.

Márquez es una de las figuras principales del realismo mágico, y en esta obra se pueden apreciar los principios tímidos de sus rasgos característicos que desarrollaría palpablemente en sus siguientes creaciones; esta novela es, por lo tanto, realista, con distorsiones de la percepción de la misma realidad y grandes dosis de sensaciones en momentos intencionadamente escogidos y pausadamente dilatados; de esta manera logra meternos en la piel del coronel y ser él, sentir su resignación, aguante y entereza en medio de la eterna pobreza que lentamente empeora y de la que no se vislumbra salida alguna, más allá de la susodicha riqueza que traería el gallo consigo -a costa de su hambruna diaria-, gallo, en el que no termina de creer pero debe sin remedio confiar su suerte y la de su esposa.

La acción transcurre sin prisa, pero se respira la tensión, las ganas contenidas de que lo que tenga que ocurrir, ocurra ya, pero no acontece nada, lo único que fluye son las sensaciones y las conversaciones que no van a ningún lado, que se enredan circularmente en la situación casi de impaze con la que se detienen en el presente, avanzando a pasitos hasta el gran día de la pelea del gallo, el cual les debiera compensar la vida gastada en él y la futura; no obstante desconfían cada día en que vaya a ser así y dudan siempre si en venderlo o en empeñarse en -para- resistir.

El juego con el tiempo es continuo, lo estira como un chicle, a cámara lenta, creando estrés, acumulándolo, para luego soltarlo y en su arranque disparado chocar de nuevo cuan colchón suave con el irremediable presente que demora impasible la llegada del futuro.

Viviéndolo personalmente mientras escribía, Márquez era el coronel, el coronel era el coronel -sin nombre, como su esposa, anónimos e insignificantes como una hormiga más, en el espacio y el tiempo, pero tan importantes para el lector, como las emociones que evocan-, y nosotros al leerlo, también somos el coronel; nadie le escribía a Márquez mientras vivía en París, nadie le escribía al coronel – el cual se enteraba más de lo que ocurría en el extranjero que en su país, debido a la censura del gobierno- y no sabemos si el lector tiene quien le escriba.

Normalmente oímos que un buen libro nos mete en la historia de los personajes, pero en este caso es la historia la que sale del libro y nos rodea, la hace real en nuestro entorno, y se mezcla con él, nos hace ver nuestro mundo con los ojos con los que vemos el mundo del coronel.

Su estilo es coherente con la historia, imprime lleno de intencionalidad una aspereza que nos lima como una lija contra cada página y línea por las que nos escurrimos, y disfrutamos, no sin esfuerzo, de las imágenes por las que nos filtra la narración. Describe con gran precisión y a momentos omite detalles de gran importancia, deja la historia aparentemente inconexa con saltitos narrativos, consigue hacer presente la nada, unos vacíos que se muestran en nosotros, como si nos aquejara de pronto una suerte de amnesia para andar rebuscando entre los párrafos de atrás una información que nos topa más tarde -o ni aparece pero se la intuye-. Hay veces que no queda claro quién dice qué y cuándo fue ese algo.

Al realismo con el que describe hay que añadirle unas gotas de metasensorialidad, olemos y sentimos lo que el coronel, nos entra hambre cuando le falta, nos mareamos cuando dice que “el olor del banano me descompone los intestinos”, se nos mojan los huesos con la humedad de sus octubres, y nos sentimos abandonados por no sabemos exactamente quién.

Traza imágenes en nuestra mente cuando quiere dejarnos la escena grabada en ella mediante un vocabulario rico en expresiones y detalles, y los omite cuando quiere hacernos pensar y que nuestra mente se sienta retada, se abra, duela, cree nuevas conexiones neuronales, de manera que leer a Márquez sea en momentos concretos como leer latín. Ese hacer que nuestro cerebro discurra, notando su existencia y trabajo lo logra con creces, algo que no por casualidad nos recuerda a Kafka, de cuya teta literaria se alimentó Márquez.

Su imperceptible transcurrir hacia ningún lado le mantiene a uno en vilo e interesado, pero al mismo tiempo en la agonía de la demora que mece; cada escena es eterna como la intriga que genera, uno se impacienta viendo no llegar el final -aun siendo corto el libro- y por otro lado se recrea en cada momento, dándole la vuelta por si hubiera perdido alguna pista, o clave que pudiera llevarnos a vislumbrar el futuro y entender el pasado.

Es un libro que requiere ser masticado suavemente y asimilado en pequeñas porciones y a placer, degustando la cantidad variada de sabores y elementos que forman este plato, su engullida puede ser poco digestiva y dejar mal cuerpo. Está tan cargado de recursos e ideas que puede enviar a la luna a lectores dispersos durante un buen rato y que les resulte difícil volver a lo que sostienen entre sus manos. Es obligatorio viajar cada momento y tener la imagen bien presente, aunque ésta en ocasiones sea algo turbia se aclara con las olas de los siguientes párrafos. Con frecuencia nos asaltan figuras hiperbólicas un tanto barrocas que transmiten con precisión sensaciones difícilmente descriptibles, como cuando el hambre y la humillación de mostrar hambre hacen que la mujer haya puesto “varias veces a hervir piedras para que los vecinos no sepan que tenemos muchos días de no poner la olla”.

Los personajes y elementos están cargados de simbología, siendo cada uno una pieza del engranaje del ritmo que mueve la historia. El gallo es su eje simbólico central, una herencia de su hijo muerto -un hijo heredando a sus padres es el tiempo al revés- , representa el presente que sacrifican para un futuro que no parecen tener, lo acaban alimentado los amigos de su hijo. La mujer del coronel le reprocha que “todo el mundo ganará con el gallo menos nosotros. Somos los únicos que no tenemos ni un centavo para apostar” y desesperada con la falta de futuro sugiere que “lo único que se puede hacer es vender el gallo”, vender el poco futuro que les queda.

La carta que nunca llega es el anclarse en una situación de dependencia anticipada y resignación en lugar de decisión y solución, la carta que espera el coronel podría ser la causante de sus problemas, pero representa su actitud, su pasividad y espera de que algo externo -que se le debe del pasado- le saque las castañas, actitud que le empuja a aceptar a regañadientes al gallo como alternativa de futuro.

El tiempo es un problema que se somatiza en el cuerpo del coronel como enfermedad temporal durante una determinada época del año -“Octubre es lo único que siempre llega”-, cronificada durante años, sus huesos que se humedecen con la lluvia, su malestar de estómago, “nos pudriremos vivos” decía su mujer, que también somatiza el tiempo con el asma que padece sin solución, ganas de respirar y no poder , “esto que tengo no es una enfermedad sino una agonía” que se le atraganta, “es la misma historia de siempre, nosotros ponemos el hambre para que coman los otros”.

Es tal el problema del tiempo que para poder seguir adelante consideran la idea de vender el reloj que cuelga de la pared, y todos sabemos que deshaciéndonos de un reloj no conseguiremos que el tiempo transcurra a nuestro gusto.

Quien parece que vive en una cómoda situación de atemporalidad es el abogado, que da la sensación de vivir del aire sin apenas moverse, encadenado a su despacho y rodeado de calor, un abogado que explica pero no resuelve, sin alterarse ante los precedentes que ejemplifican un inquietante devenir aguardando al coronel, pues todos sus compañeros “se murieron esperando el correo”.

Y como en tiempos de desesperación no faltan hienas, don Sabas -un tiburón que siempre saca tajada pero se presenta como buen samaritano- le ofrece posibles compradores del gallo, pero es él en el fondo quien sacaría mucho beneficio de esa operación. Esa figura intensifica una situación que se va recrudeciendo y se asemeja a los carroñeros que huelen la presa moribunda. A pesar de ello el coronel cree que no le queda otra más que acudir a él, esperándolo y mendigándole.

La voluntad de acción de la mujer, que está “hasta la coronilla de resignación y dignidad” estando “dispuesta a acabar con los remilgos y contemplaciones”, contrasta con el impasible coronel, que “no movió un músculo”, ni ante todas las señales de su mujer, que se niega a padecer sin luchar. Intenta vender el cuadro -quiere salirse del marco que aprieta, los límites que se autoimponen les constringen y condenan-, intenta vender el reloj, e incluso empeñar los anillos de matrimonio. Sus constantes rezos le ayudan a seguir adelante pero no los sacan de ahí.

La figura del cura es la del statu quo, el que hay que mantener, guardando la ley del gobierno y recordando la censura, los toques de queda, lo estático, un silencio que sostener indefinidamente. Esa figura contrasta sin chocar frontalmente con la de la clandestinidad que siguen los muchachos, siguendo el juego de lo oficial y otórgandole una aparente tregua; mientras, se transmiten mensajes y códigos que le llegan de vez en cuando al coronel, también por medio del médico, quien pone la sensatez y tiene los pies en el suelo.

Lo que parece eterno llega a tener un final y aquí hablamos de un final atrevido, real y crudo, como una dura certeza que llegó viéndose venir entre la niebla, el mayor acto de realismo y cordura que se muestra honesto nuestro coronel.

Definitivamente he de decir que siendo el libro muy corto se hace largo, altera la percepción de las cosas, que abre el cerebro, lo hace esforzarse, es algo duro de leer pero te sumerge en él, y da igual lo duro que pueda volverse a veces, da gusto leerlo, como una jornada de senderismo por las montañas. Algo parecido ocurre con Kafka y no casualmente sucede lo mismo, ya que el mismo Márquez resalta la influencia del autor checo en su estilo.

Ese estilo sirve para acentuar una crítica al hambre y la desesperación en la que nadaron -y nadan- muchas familias en el mundo, y Latinoamérica en concreto, causada por la corrupción de sus gobernantes. El hambre que le tocó padecer al autor mientras vivía en París se debe a las mismas causas, y así lo plasmó en el libro.

García Márquez dijo en una entrevista que cree que es su mejor libro, sin lugar a dudas. Además, y esto no es una boutade, tuve que escribir Cien años de soledad para que leyeran El coronel no tiene quien le escriba. En efecto se trata de una obra perfecta, escrita con un lenguaje inexorablemente preciso y transparente, con un encanto hipnótico al que ningún lector puede sustraerse.

No hay mejor manera para comprender una situación ajena, que vivirla en carne propia, y de no vivirse, leyendo un libro así se acerca uno bastante, esto se debe a la certeza de sus palabras al decir de su obra que está perfectamente escrita con un lenguaje muy preciso. Aunque es verdad que hipnotiza, no comparto la idea que tiene de que ningún lector puede sustraerse, más bien lo contrario, es muy fácil desviarse y ponerse a pensar en otras lunas, tomarse un respiro, es más, invita a pararse y ponerse a imaginar y fantasear, a crear en definitiva, para luego tornarse a la lectura sin saber cuánto tiempo ha pasado.

GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel (1961); El coronel no tiene quien le escriba (99pág)(editorial Harper?), Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial (1991) (novena edición 2014)

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