Werdo y el bosque

Érase una vez un chico llamado Werdo: no tenía familia y salía del orfanato en su tiempo libre para pasear por el bosque aledaño, era un chico triste. Un día se encontró con un árbol diferente y con una placa. A sus pies yacía una piedra verde sucia que limpió y colocó en un hueco dentro del árbol. La piedra comenzó a brillar y salió de ahí un personaje extraño: Tomou.

Tomou le explicó que era una deidad oriental descendiente de Susanoo y que, por haberle liberado de la piedra en la que le encerraron siglos ha, le concedería un deseo, advirtiendo que el egoísmo traería fatales consecuencias. Werdo hizo oídos sordos y resentido por su vida vio la oportunidad de ser alguien. “Quiero que el mundo me pertenezca”. Tomou percibió odio en el deseo, y le dijo “Como un deseo tuyo de cumplir he, inmortal e invisible a voluntad serás”. Lo convirtió en una suerte de espíritu; su presencia daba miedo por no poder apreciarse en su nueva apariencia sentimiento alguno. Tomou se disolvió entre los árboles. Y Werdo se llamaría ahora Wildok, y se quedó en el bosque, saliendo de él para molestar y robar a cualquier viandante que se le antojara.

Un día, la señora Tirola y su marido, el señor Triángulo, iban paseando por el río cuando Wildok se les apareció y horas más tarde, quizás días, semanas… ¿años? Quién sabe… Habían perdido la noción del tiempo… ¿Qué les había pasado? ¿Quién era ese ser que se les apareció, con forma de humano, pero como translúcido, como si pudiera ser atravesado por lo material? Como si no fuera… ¡Exacto! ¡Como si no fuera de este mundo! “Wildok”, ese nombre vino a la mente de Tirola, el cual exclamó, generando gran pavor en Triángulo.
O sea, que no era una de esas leyendas “para no dormir”, pensaron y dijeron casi al unísono. Esto confirmaba que la historia de Wildok era cierta y que si una pareja, el día de la celebración de sus bodas de plata, pasaba a las siete en punto de la mañana por aquel lugar liberaba del encanto o maldición a Werdo. Pero como la materia, los hechizos ni se crean ni se destruyen, sólo se transforman, y en esa transformación cabe el cambio de hechizado. De manera que Tirola y Triángulo, en aquella hora de su desventura, liberaron a Werdo, para caer presos de unas cadenas de magia negra, de las que no se librarían si hasta que consiguieran traspasar la maldición a alguien más. Ellos suplicaron y lloraron, pero sólo los árboles podían oírles. Sin embargo, de pronto, del viento surgió una figura que les observó desde las alturas. Era Tomou que, alertado por los llantos de Tirola y Triángulo, volvió a la tierra para comprobar qué ocurría. Cuál fue su sorpresa cuando, en vez de a Werdo, se encontró a una pareja presos en la maldición. Fue entonces cuando la deidad decidió apiadarse de ellos; en el fondo, él había condenado a Werdo, no a ellos. No obstante, antes de liberarlos, les sometió a una prueba para estar seguro de la pureza que su corazón albergaba. Tomou se transformó en una joven de aspecto angelical y se adentró en el bosque.

Poco después del anochecer, Tirola y Triángulo, ya cansados de gritar sin que nadie más que los animales que allí vivían les escucharan, se detuvieron a pensar en su situación. “¿Qué haremos?”, le preguntó Tirola a su marido. “Tendremos que hacer lo que Werdo nos indicó: nos liberaremos consiguiendo que alguien ocupe nuestro lugar”, afirmó este. “Pero, entonces esa persona estaría aquí para siempre…”, se lamentó Tirola, a lo que Triángulo replicó: “Es lo único que podemos hacer”. Nada más decir esta última palabra, un aullido se escuchó proveniente de la espesura del bosque. “¿Qué ha sido eso?”, dijo asustada Tirola, pegándose a su marido todo lo que su incorpóreo cuerpo le permitía; cualquiera que los viera diría que eran un solo ser.

Una chiquilla surgió entonces de entre las sombras. Su aspecto, desaliñado y sucio, no se correspondía con la belleza que emanaba su rostro. Triángulo, nada más verla, quedó prendado de ella, la observó atónito, aún de la mano de su esposa, avanzar sigilosamente y sin dejar de sonreír entre la maleza. La sonrisa del justiciero dios era lo único que podía delatar sus intenciones: si Triángulo accedía, él y su esposa Tirola serían condenados para toda la eternidad, mientras que, si escogía el amor, su corazón puro le salvarían de tan terrible fin. Sin embargo, ante la mirada decepcionada y quebrada por el dolor de Tirola, Triángulo soltó su mano y se perdió entre la oscuridad de los árboles siguiendo el rastro de la doncella, que brincaba cual cervatilla contenta por demostrar que tenía razón: los humanos no tienen pureza de corazón.

Al llegar al claro que dejaba el abrigo de una pequeña pradera entre los árboles, la fingida doncella agarró fuertemente el cuello de la camisa de Triángulo y lo lanzó contra una roca saliente entre la hierba. Lejos de asustarse por la sobrenatural fuerza de la muchacha, Triángulo quedó embrujado y no pudo hacer otra cosa que reclinarse mientras ella se acercaba a él envuelta en un halo fulgurante. Su boca irreal se aproximaba hasta el cuello de Triángulo, que, abocado a rendirse por su humana condición, contuvo el aliento y el deseo. En ese instante, empuñó con toda la fuerza de que era capaz una afilada rama de roble que guardaba desde que emprendió su camino por el bosque y la clavó en el pecho del dios hasta traspasarlo. Triángulo conocía las historias que la gente contaba y sabía que sólo traspasando su corazón se podía derrotar al temible dios Tomou, cuya sangre se espesaba ahora y se volvía verdecina y arenosa, pegándose a la roca para volver a ser algún día rescatado por un ingenuo mortal que la limpiara.

Un cuento de:

MiMoUrJu

Más sobre kamis y bosques en el siguiente enlace

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